Malvertising: cuando la propia publicidad es el problema

La mayor parte de la publicidad es molesta. Una pequeña parte es peligrosa, y esa parte tiene nombre propio: malvertising, de "malicious advertising".

Lo astuto del asunto es que nadie tiene que visitar una página dudosa. Los anuncios los sirven redes que están integradas en miles de sitios a la vez, también en los serios. Quien contrata un anuncio compra espacio, no confianza. Si alguien consigue colar un anuncio dañino en la revisión de una red, aparecerá en páginas que no han hecho nada mal.

Lo que sale de ahí suele ser una de tres cosas.

La primera es el aviso falso. Aparece una ventana que afirma que el navegador está anticuado, que falta un complemento, que el equipo está infectado. El botón de debajo no descarga una actualización, sino un programa. Funciona no porque la gente sea crédula, sino porque el mensaje está justo donde suelen estar los mensajes de verdad.

La segunda es la redirección. Un clic en cualquier punto de la página —o ninguno— abre una ventana nueva con una dirección parecida a la de una marca conocida. Desde allí se sigue, a menudo por varias escalas, para que el rastro sea difícil de seguir.

La tercera es la silenciosa: el anuncio carga código que busca un agujero en el navegador. Si no lo encuentra, no pasa nada y nadie se entera. Si lo encuentra, el usuario no ha hecho clic en nada.

Un bloqueador de anuncios ayuda exactamente en un punto, y ese punto no conviene agrandarlo: impide que el anuncio llegue a cargarse. Lo que no se carga no puede abrir ventanas, ni redirigir, ni buscar agujeros. Es eficaz porque actúa pronto, pero no es un antivirus. Un bloqueador no examina archivos, no reconoce software malicioso y ya no hace nada en cuanto algo se ha descargado.

El segundo punto donde se puede actuar es la dirección. Quien aterriza en una página que imita a otra conocida a menudo no ve la diferencia: entre una "a" latina y una cirílica no hay nada que distinguir a simple vista. Un aviso antes de que se escriba algo vale allí más que cualquier explicación posterior.

Las dos cosas juntas no lo cubren todo. Cubren el camino que el malvertising toma con más frecuencia, y ese camino empieza casi siempre con un anuncio que se carga.